Me costó un poco volver a escribir, puede ser por tiempo o que la cabeza en estos días es una avalancha de cosas nuevas. Sin embargo, hay algo que tenía en mente y que quisiera compartir en este momento.
Dentro de todas las patologías emocionales que padezco, una de las peores es el silencio crónico. Es curioso cómo, con el tiempo, uno empieza a ver que pudo hablar las cosas más irrelevantes pero que, todas aquellas que sí eran importantes para uno, quedaron en el tintero ya sea por cobardía o por falta de elocuencia. Yo soy de esas personas que no conoce puntos medios y, cuando se trata de hablar sobre cosas importantes, debo ser de las menos hábiles también. Desde un embarazo perdido hasta tratamientos médicos relevantes: he ocultado las cosas más importantes mientras me perdía en discusiones absurdas como, por ejemplo, por qué encuentro tan guapo a Kurt Cobain (sí, tuve una acalorada discusión por esto, pero eso es tema para otro momento).
Probablemente es esta misma patología la que me ha llevado a escribir desde que tengo uso de razón. Cuando le fallaba a mis padres pedía perdón por carta, cuando era momento de celebrar era mejor expresarlo todo a través de una tarjeta y en los momentos de despedida siempre fui mejor con notas que con discursos. Es como si necesitara tanto tener el control sobre lo que estoy diciendo que si no lo tengo escrito podría desembocar en dos actitudes de seguro: o el mutismo o ser un ventilador con caca. Quienes me conocen bien, saben que tengo el don de ser hiriente y rencorosa como nadie; también saben que soy plenamente consciente de esto y que, recién ahora, estoy aprendiendo a controlarlo. Así, he aprendido que hay dos cosas que me cuesta sobremanera decir: "te extraño" y "perdón". Es más, la última incluso he llegado a decirla con años de desfase.
Dentro de mi historial amoroso, que tantas historias particulares me ha dado, puedo contar diversas discusiones en las cuales la comunicación fue un factor nuclear. Con aquél pololo malo del que ya hablé brevemente, una de las frases tipo que solía aparecer en nuestras discusiones y que muchas veces tuve que tragarme con amargura era "tú no piensas" o "cuando hablas piensas mal". Como mecanismo de defensa aprendí a responder las cosas más insólitas y, con el tiempo, aprendí a afilar la lengua. Por ejemplo, en medio de una discusión terminé por decir algo como esto: "El problema es que tú eres como un producto del "Llame ya", uno de esas cosas que promete arreglarte la vida con mil propiedades y que compras a primera vista pero que, cuando llega, termina siendo igual que todas las otras mierdas que tienes guardadas y terminas habiendo perdido el tiempo, la esperanza y la plata". Fue la primera vez que me sentí venenosa, porque supe exactamente qué decir y por dónde atacar. Hoy me arrepiento, porque fue el inicio de un espiral de discusiones vacías, tormentosas y dolorosas; aún así, no lloro sobre la leche derramada sino que estoy aprendiendo de esos errores de algún modo, a mi manera.
Una de las últimas conversaciones serias que sostuve con un chico por el que sentí cosas fue de este modo: una lectura de acta cuando me sentí herida por algo que hoy parece una nimiedad pero que, en su momento, para mí significó demasiado. Yo me encontraba de visita en su ciudad (porque sí, otra de mis patologías es fijarme en personas que no se encuentran disponibles, sobretodo en el plano geográfico), así que había poco tiempo para digerir y conversar. ¿La solución? Escribir una nota para explicar el porqué de mi molestia. El breve monólogo transcurrió de la siguiente forma: cerca de media noche, en una pequeña plaza de una villa cuyas casas no podría recordar ni aunque me esforzara, bajo la luz de un poste mientras yo leía sin censura algo que me tomó menos de 5 minutos escribir pero todo lo transcurrido del día en pensar. ¿Infantil? Completamente, pero al menos pude decir algo que, en otra vida, jamás habría podido sacar de mi cabeza, mucho menos verbalmente.
Sin embargo, el tema no es aquella conversación ni todas aquellas otras conversaciones que se quedaron en mi imaginación. El tema de fondo es que desde pequeños nos enseñan que decir demasiado es un problema pero, mientras vamos creciendo y madurando, nos damos cuenta que no decir es un problema aún mayor. Crecemos con premisas como "decir es exponerse demasiado", "no es de señorita decir esas cosas", "si dices eso nadie va a querer juntarse contigo" o "para qué decirlo si al final las cosas se arreglan solas". Si estás triste, tus más cercanos te preguntan qué es lo que ocurre y siempre creemos que la respuesta correcta es del tipo "nada serio" o "no te preocupes, ya pasará". Crecemos creyendo que compartir nuestro mundo interior es un error metodológico en nuestras interacciones sociales; ni pensar cómo esto se termina proyectando a otros ámbitos como el trabajo, en los estudios o en el plano sexual. Así, aprendemos a adornar todo lo que nos pasa o, aún peor, con la embestida de las redes sociales nos volvemos propensos a un vómito constante de interioridad irrelevante y nos perdemos entre lo real y lo que buscamos explotar y proyectar en estas redes.
Lo que es aún más triste por estos días es que existen verdaderos manuales en internet, con fotos incluídas, para comunicarse efectivamente (si no me creen, hagan la prueba y googleen: "cómo comunicarse"). ¿Cómo llegamos a esto? No tengo idea, pero es momento de reaccionar y empezar a decir, porque con el tiempo uno se termina cansando de fingir que "aquí no ha pasado nada" o peor, asumir que todos quienes te rodean tienen poderes telepáticos como el Profesor X y pueden saber al instante qué te hizo feliz o qué te tiene pateando la perra el último tiempo. Yo voy paso a paso, escribiendo, leyendo en voz alta, encontrando la valentía para decir sin el filtro que proporciona la escritura y así poder ser como una llave abierta: con un caudal que a veces da miedo pero que ya no quiero seguir midiendo.
Comentarios
Publicar un comentario