Es una frase repetitiva y que he llegado a odiar, pero es un evento que también he escuchado de forma tan recurrente en las historias de otras personas que es imposible no replicarla: todas las mujeres hemos tenido un pololox de mierda en nuestras vidas. Es como una verdad absoluta, astrológica, algo que Pedro Engel te diría en el matinal para darle sentido a esa relación que te echó a perder por más tiempo del que era necesario (porque, simplemente, no supiste o no quisiste salir de ahí a tiempo).
Claramente yo no soy la excepción a esta verdad ancestral, pero la vida se pasó un poco conmigo con el pololo malo que me tocó. A muchas amigas les he escuchado decir: "te tocó uno de los peores". Con los años aprendí a tomarlo con humor y verlo de esta forma, sin embargo, cualquier persona que haya compartido esos años conmigo sabrá que enloquecí temporalmente y que me tomó un par de años más (y algunas terapias) el volver a mis sentidos. La relación se extendió por algo cercano al año y medio, pero en verdad ese año y medio está marcado por una cantidad de quiebres que ya no recuerdo. ¿Qué lo hacía tan malo? Aún no sé si es por las infidelidades, por la violencia o por su adicción a distintas sustancias. Al final, me he quedado con la imagen del maleante de barrio como mi favorita personal y me limito a decir "sí, salí con un maleante".
Con ese pololo viví de todo: escenas de gritos en plena calle (no en la vereda sino en la calle misma), peleas en el metro, un embarazo con pérdida incluida y patadas voladoras a un disco "Pare" que se desencajaba de su lugar (ahora que lo pienso, algo bastante paradójico). Todo junto podría conformar una página de memes interesantes del tipo: "Peleas random de parejas con imágines de películas de culto". Éste, también fue mi primer pololo así que los recuerdos siempre han estado teñidos por la intensidad con la que se vive una primera relación. Era de esos pololos que te dedicaba reggaetón old school y que, por la enajenación de sentirse enamorada, te llevan a enfocarte en la letra y olvidar que odias ese tipo de música. Ese pololo por el que escuché Arjona y a Alejandro Sanz muchas noches antes de dormir y por el que, muy a mi pesar, esa música me hizo sentido.
Recuerdo que la primera canción "nuestra" fue Zun da da, del honorable e infinitamente sabio reggaetonero Zion, canción que escucho en este mismo momento para alentar a los recuerdos (y que mañana lamentaré haber escuchado porque sé que la tararearé por un par de días). ¿Vergüenza de admitirlo? Por supuesto: en el momento en que una canción versa "haremos sexo con ropa, esto será entre tú y yo", uno debería considerarlo como una alarma para huir, pero a los dieciocho prima la ingenuidad y las hormonas y no el buen uso de la razón, ¿no? Como si fuera poco, con el tiempo vendría Cierra los ojos bien (Baby Rasta & Gringo, 2008), de la cual sólo basta citar los siguientes versos: "Y no me importa lo que digan tu madre y tu padre, lo que yo quiero es amarte".
Fue por el año 2007 y yo estaba recién llegada a Santiago. Él venía de mi misma ciudad así que fue fácil establecer un vínculo. El primer mes fue perfecto (probablemente por la cantidad de endorfinas que se liberan en la etapa de "luna de miel"), posteriormente me enteraría de que tenía una relación con otra chica a distancia (sí, de nuestra misma ciudad y de nuestro mismo colegio). De ser la polola me convertí en la otra y ahí comenzó mi locura de corte psiquiátrico (lo puedo admitir con tranquilidad ahora, que han transcurrido diez años desde ese momento). Me acusó de puta, maraca y loca; le faltó acusarme de bruja, lo que me habría dado (sin lugar a duda) muchísima más alegría en la retrospectiva. Sobre aquellas formas de violencia vividas en aquél entonces (y que miro desde la comodidad de mi presente) prefiero no hablar aún, pero sí puedo hacerlo de una serie de historias que tienen un carácter más legendario que biográfico en este momento para mí. De este sujeto (al que eventualmente deberé inventarle un nombre) escribiré diversas anécdotas, pero tendrá que ser en otro momento: ya sea por las ganas de generar suspenso o por que es hora de irse a dormir.
Con ese pololo viví de todo: escenas de gritos en plena calle (no en la vereda sino en la calle misma), peleas en el metro, un embarazo con pérdida incluida y patadas voladoras a un disco "Pare" que se desencajaba de su lugar (ahora que lo pienso, algo bastante paradójico). Todo junto podría conformar una página de memes interesantes del tipo: "Peleas random de parejas con imágines de películas de culto". Éste, también fue mi primer pololo así que los recuerdos siempre han estado teñidos por la intensidad con la que se vive una primera relación. Era de esos pololos que te dedicaba reggaetón old school y que, por la enajenación de sentirse enamorada, te llevan a enfocarte en la letra y olvidar que odias ese tipo de música. Ese pololo por el que escuché Arjona y a Alejandro Sanz muchas noches antes de dormir y por el que, muy a mi pesar, esa música me hizo sentido.
Recuerdo que la primera canción "nuestra" fue Zun da da, del honorable e infinitamente sabio reggaetonero Zion, canción que escucho en este mismo momento para alentar a los recuerdos (y que mañana lamentaré haber escuchado porque sé que la tararearé por un par de días). ¿Vergüenza de admitirlo? Por supuesto: en el momento en que una canción versa "haremos sexo con ropa, esto será entre tú y yo", uno debería considerarlo como una alarma para huir, pero a los dieciocho prima la ingenuidad y las hormonas y no el buen uso de la razón, ¿no? Como si fuera poco, con el tiempo vendría Cierra los ojos bien (Baby Rasta & Gringo, 2008), de la cual sólo basta citar los siguientes versos: "Y no me importa lo que digan tu madre y tu padre, lo que yo quiero es amarte".
Fue por el año 2007 y yo estaba recién llegada a Santiago. Él venía de mi misma ciudad así que fue fácil establecer un vínculo. El primer mes fue perfecto (probablemente por la cantidad de endorfinas que se liberan en la etapa de "luna de miel"), posteriormente me enteraría de que tenía una relación con otra chica a distancia (sí, de nuestra misma ciudad y de nuestro mismo colegio). De ser la polola me convertí en la otra y ahí comenzó mi locura de corte psiquiátrico (lo puedo admitir con tranquilidad ahora, que han transcurrido diez años desde ese momento). Me acusó de puta, maraca y loca; le faltó acusarme de bruja, lo que me habría dado (sin lugar a duda) muchísima más alegría en la retrospectiva. Sobre aquellas formas de violencia vividas en aquél entonces (y que miro desde la comodidad de mi presente) prefiero no hablar aún, pero sí puedo hacerlo de una serie de historias que tienen un carácter más legendario que biográfico en este momento para mí. De este sujeto (al que eventualmente deberé inventarle un nombre) escribiré diversas anécdotas, pero tendrá que ser en otro momento: ya sea por las ganas de generar suspenso o por que es hora de irse a dormir.
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