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Las malas decisiones: lecciones de vida.


Todos tenemos esa amiga que se caracteriza por tomar la peor decisión cuando de materia amorosa se trata. Aquella que viendo una señal de "Pare" decide no detenerse, o que al ver la señal de "Peligro, zona de curvas" decide meter pie al acelerador. En mi grupo de amigas (en cualquiera de mis grupos de amigas) es fácil decir quién es esa amiga: simplemente soy yo. Es una suerte de patología, un mal crónico de las adoctrinadas por Disney y las teleseries de la tarde. Aquí va, entonces, una serie de lecciones que he sacado de mis malas decisiones:


Primera lección: Él no va a cambiar por ti.

Lo aprendimos de las teleseries: la heroína (generalmente sacada de contextos vulnerables o una vida sumamente dura) siempre se fija en un inválido emocional. En María la del Barrio está Fernando; machista, borracho e irresponsable que finalmente se ve transformado por el poder del amor. En Betty la Fea el incapacitado es don Armando, un tipo con un miedo compulsivo al compromiso y que, teniéndolo todo, se encama con cualquier cosa bella que tenga piernas hasta que, nuevamente, se ve transformado por el poder del amor. Chile no es la excepción, Jorge Zabaleta lleva años mostrándonos cómo un idiota inmaduro puede cambiar al enamorarse (desde Alex Mercader en Machos hasta Ignacio Moreno en Sres. Papi). Siempre hay un momento en la vida en el que queremos ser Bella cuidando de la rosa y logrando que la Bestia se convierta en príncipe. Si no lo dices al menos lo piensas, "conmigo va a ser distinto" o "yo puedo hacer que esto cambie", pero eso es Disney y este es el mundo real (por suerte, porque hablar con candelabros y teteras está para loquero). ¿Lección de vida? El incapacitado emocional no cambia por amor, lo único que puede llegar a cambiarlo es la vida misma. Además, una no es terapeuta como para ir a rescatarlo de sí mismo.


Segunda lección: El amor no quiebra las distancias.

Creer que el amor por sí mismo puede romper las barreras de la distancia (nacional, internacional, simbólica o intergaláctica) es una utopía inútil. Querer sentarse a escribir poemas de amor, escuchar canciones melosas para enviarle, o dedicar memes etiquetando a "quien-tú-sabes" es solo uno de los pasos que se pueden dar dentro de un trabajo mucho más arduo. Como dice el sabio profeta Andrés Calamaro: "No se puede vivir del amor". Eso aplica también para las distancias: el amor se trabaja y las distancias deben eventualmente desaparecer, de lo contrario, uno se encuentra atrapado en una virtualidad que puede ser bonita por un tiempo, pero que no tiene sentido en el largo plazo. Como versa la sabiduría popular: "¿Para qué po'?".


Tercera lección: El amor no es más fuerte.

Queremos creer que sí, pero la verdad es que no. Esta lección fue más dura que las anteriores y, tal vez, un poco más seria. Con el tiempo (y tras varias caídas sistemáticas con piedras bastante similares) uno se da cuenta de lo importante que es conocerse y ver aquellas cosas que trascienden al sentimiento inmediato, cosas como los proyectos de vida o la compatibilidad del entorno. Las redes sociales nos bombardean con test de compatibilidad astral o con notas sobre "por qué deberíamos enamorarnos de alguien con el mismo gusto musical", pero eso es puro relleno. Hay preguntas sustanciales que todos deberíamos hacernos al momento de enfrentar el amor y si se encuentran "peros" y dificultades preguntarnos abiertamente: ¿estoy dispuesta a dar esta batalla y asumir sus costos? Es parte de la honestidad con uno y con el otro, honestidad que debería ser el núcleo de todo vínculo. Al final, si sabemos que el carruaje se convierte en calabaza, ¿lloraremos después en harapos si sabíamos lo que podría pasar y aún así decidimos ir al baile? No podemos delegarle todo al sentimiento y creer que todo saldrá bien porque "el amor es más fuerte", los fuertes debemos ser nosotros para enfrentar las vicisitudes que la realidad trae consigo. Si pretendes que el amor atraviese cualquier puerta, se la abres; si quieres que traspase cualquier barrera, le sacas pasaporte.


Cuarta lección: El amor no es más fuerte (versión bíblica).

Lo dice 1 Corintios 13, 4-7: "El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta". Puede que no sean religiosos, que no conozcan la cita, pero todos hemos escuchado a alguien decir algo similar, como si fuera natural enseñar que "en nombre del amor" se aguantan mil dardos porque el amor todo lo aguanta. Sin embargo, el amor no debiese bancarse pendejadas ni la idiotez ajena (o la propia). El amor no se trata de poner la otra mejilla ni inmolarse en el sol. Tampoco se trata de esperar diez años por el regreso de Ulises, ni hacer tratos con hechiceras en versión molusco que roban tu voz para darte piernas y poder conquistar al príncipe azul que vive en la superficie. Las relaciones no se arreglan con cambiarse de casa ni con tener un hijo (o traer un hijo más). El amor tampoco es aceptar flores y serenatas de arrepentidos porque "se sacrifican en nombre del amor". El amor es libre en esencia y si no podemos querer la libertad del otro, no sabemos lo que es el amor. Y así como deberíamos amar en libertad, merecemos ser amados con esa misma libertad. Está bien que el amor soporte cosas, pero otra cosa es usarlo de punching ball o como sparring. Usando mi cita favorita de la sabiduría musical: hay un límite que rompe el deseo.


Quinta lección: Amigos, helado y pizza.

¿Qué cosas no fallan cuando tu patología Disney te acompaña sistemáticamente? Los amigos, el helado y la pizza. Son elementos nucleares de todo cliché, el centro de cualquier lugar común de las desgracias amorosas, pero ¿quién soy yo para juzgar los clichés? El tiempo y la vasta experiencia en condorearme me han enseñado que este triada nunca falla, porque los amigos están ahí aunque quieran matarte por volver a caer con el idiota que nunca han logrado pasar, con el ex que no puedes superar o con el tipo random cuyo nombre no son capaces de retener por tantos tropiezos que uno empieza a acumular. Si se tratara de un átomo para la superación de la tristeza, los amigos son los protones, el helado los neutrones y la pizza los electrones. Los neutrones pueden tener la misma masa que los protones, pero su carga en sí mismos es neutra, así que si no viene acompañado de algo más no se nota y fuera del núcleo pierde estabilidad (o sentido). Los protones te mantienen positivo y los electrones, aunque tienen menor masa que los protones, siempre van a rodearlos por simple ley de atracción.  Cada cual puede agregar distintos elementos a este conjunto pero, en suma, todos tenemos algo que nos ayuda en los tiempos de tormenta y que, más que un salvavidas, es la razón para seguir andando y esperar no volver a equivocarse.



Probablemente he sacado más lecciones que éstas, también podría desglosar sub-lecciones de cada una de ellas, pero el punto no es ese. De todo error se aprende y a partir de ahí construimos. Mulan aprendió que podía ser héroe sin ser hombre, Elsa aprendió que el miedo no era la solución y Fernanda terminó amando de verdad al Pelluco. Si hasta ellos aprendieron, ¿qué esperamos para sacar nuestras propias lecciones? Lo mejor es aprovechar de sacar la pluma y tomar nota de nuestros propios pasos si no queremos terminar encerrados en una (mala) secuela eterna de la compañía de Mickey Mouse.


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