Hace tiempo le he estado dando vueltas a la idea de narrar diversas historias que han conformado mi propia teleserie sentimental. Es una suerte de tópico recurrente, un tema que progresa de forma veloz y que, si hubiera que definirlo desde la cultura de las redes sociales, podría sintetizarse en: "wow, esto escaló rápido". Se trata de amor, aventuras pasajeras y otros sucedáneos: una suerte de autoficción en torno a las diversas anécdotas de corte amoroso que han configurado en gran parte mi fuente de sabiduría (y muchas veces estupidez). Si el amor hay que escribirlo, ¿por qué no escribir sobre esas otras hierbas tangenciales? Aquí empieza entonces la aventura de recopilar y narrar de forma fragmentaria distintos momentos que, sin afán de ofender a nadie, saldrán desde mi perspectiva, porque conocer el otro lado de cada recuerdo es una tarea difícil que, por ahora, no me interesa emprender.
Me costó un poco volver a escribir, puede ser por tiempo o que la cabeza en estos días es una avalancha de cosas nuevas. Sin embargo, hay algo que tenía en mente y que quisiera compartir en este momento. Dentro de todas las patologías emocionales que padezco, una de las peores es el silencio crónico. Es curioso cómo, con el tiempo, uno empieza a ver que pudo hablar las cosas más irrelevantes pero que, todas aquellas que sí eran importantes para uno, quedaron en el tintero ya sea por cobardía o por falta de elocuencia. Yo soy de esas personas que no conoce puntos medios y, cuando se trata de hablar sobre cosas importantes, debo ser de las menos hábiles también. Desde un embarazo perdido hasta tratamientos médicos relevantes: he ocultado las cosas más importantes mientras me perdía en discusiones absurdas como, por ejemplo, por qué encuentro tan guapo a Kurt Cobain (sí, tuve una acalorada discusión por esto, pero eso es tema para otro momento). Probablemente es esta misma pato...
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