Todos los quiebres amorosos se vuelven con el tiempo memorables. Hoy en día incluso las redes han creado términos para las formas modernas de rompimiento (ejemplo de esto es el ghosting). Asimismo, aparecen constantemente artículos y listas que nos bombardean con títulos como "Canciones para superar una ruptura", "Pasos para dejarlo ir" o "Películas de desamor que debes ver si acabas de romper". Ahora, podemos romper por Whatsapp (el síntoma máximo de lo millenial) e, incluso, podemos simplemente no romper y dejar de reaccionar a las publicaciones de alguien. Así son las cosas hoy, pero antes, diez años atrás, se terminaba de frente y eso hacía que, inevitablemente, el rompimiento se convirtiera en una anécdota.
Mi mejor término fue con ese pololo malo, quien desde ahora se apodará Andrés. Llevábamos ya un tiempo mal (probablemente los últimos doce meses), era sábado y yo trataba de ponerme al día con todas las lecturas que dejé pendiente durante ese semestre para mi examen de Introducción a la Lingüística (examen que debía dar ese mismo lunes). Se acercaba la hora de once, Andrés dormía una siesta mientras yo enloquecía entre un cerro de fotocopias. Cuando él despertó, despejé la mesa para poder comer algo y nos sentamos juntos. Dispuestos estaban el pan, la mantequilla el queso y el jamón. Comimos en relativo silencio, él se levanta de la mesa y se dirige a la pieza para usar el computador (cuando aún se tenía en casa computadores estacionarios). Ahí comenzó la catástrofe: guardé las cosas para comer.
Cuando él regresa a la mesa, comenzó una de las conversaciones más surrealistas que he mantenido en mi vida. De pronto, el haber guardado el jamón fue el inicio de una suerte de apocalipsis zombie, una guerra de recriminaciones que me hace pensar que todo estuvo pauteado por guionistas de teleseries y quilombos de media tarde. "Guardaste el jamón" fue la frase que inició todo. La inferencia que Andrés realizó después de eso aún me es un poco confusa: desde su perspectiva a mí me molestaba que se comiera "mi comida" y yo solo trataba de amarrarlo con cosas, como si quisiera comprarlo. Sí, toda una reflexión filosófica digna del horóscopo o de Pilar Sordo. Tal como el comercial de Tapsin Periodo y al más puro estilo "le saco la sal" volví a abrir el refrigerador para sacar el jamón una vez más.
No podía hacer más que mirarlo pasmada, le pregunté si podríamos tener aquella discusión el lunes en la tarde, cuando hubiese rendido ya el dichoso examen para el que estudiaba. Su respuesta fue aún más clara: se dirigió a la habitación, echó todas sus cosas en una mochila y salió del departamento. El ascensor se encontraba al fondo de un largo y angosto pasillo, la puerta había quedado abierta y yo miraba atónita la escena. De pronto, se abre la puerta del ascensor, lo detiene con la mano y antes de desaparecer dice fuerte: "Tengo veinte años, ¡quiero vivir!".
Desde ese entonces, cada vez que yo o mis amigas más cercanas (quienes conocen la historia fresca ya que se encargaron de consolarme ese fin de semana) nos encontramos sobrepasadas por cualquier tipo de carga, decimos lo mismo que Andrés: "Tengo veinte años, ¡quiero vivir!". Una suerte de mantra y buena herencia que quedó de aquel quiebre. ¿Y el examen? Logré terminar las lecturas y pude pasar el ramo: la vida me premiaba con un buen resultado y una buena historia.
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